
2 de noviembre de 2026
De la ocupación
militar de la Patagonia y el genocidio de los pueblos Mapuche Tehuelche a la
sangrienta represión de las huelgas de 1920-1921, la historia de la Patagonia
se consolidó sobre el despojo y la explotación al servicio del capital
terrateniente. Un recorrido por la continuidad de un modelo de dominio que hoy
demanda memoria y justicia territorial. A 106 años del inicio de las huelgas
patagónicas, escribe Rolando Álvarez Antilef, Lonco de la Comunidad Mapuche
Tehuelche Nehuen Mulfuñ.
Kiñe. El comienzo del
despojo
La historia de Santa Cruz, como la de buena
parte de la Patagonia, está escrita sobre un territorio conquistado por la
violencia. Antes de que las huelgas rurales de 1920 y 1921 conmovieran al país,
hubo otra matanza menos recordada, pero igual de decisiva: el genocidio de los
Pueblos Indígenas Mapuche-Tehuelches, consumado a partir de la llamada Campaña
del Desierto.
Detrás del discurso civilizatorio del
Estado nacional se escondía un proyecto económico. El ejército argentino, bajo
las órdenes de Julio Argentino Roca y con el respaldo de los grandes intereses
comerciales extranjeros, ocupó la Patagonia con el fin de entregar millones de
hectáreas a compañías británicas, terratenientes y militares. A los
sobrevivientes se los redujo a servidumbre, o se los utilizó como mano de obra
gratuita en los obrajes y estancias que surgieron sobre sus antiguas tierras.
Epu. La oveja como
símbolo del saqueo
Una vez consumado el despojo, comenzó el
segundo acto de esta historia: la introducción de la oveja desde las Islas
Malvinas. La ganadería lanar, impulsada por capitales británicos, transformó
radicalmente el paisaje y la economía santacruceña. El ovino se convirtió en el
nuevo "tesoro" del sur, mientras la tierra usurpada a sangre y fuego,se consolidaba
como propiedad privada bajo la figura de las concesiones estatales.
Las estancias florecieron en pocas décadas,
pero el progreso tuvo un precio humano incalculable. Los Pueblos Originarios,
considerados "obstáculo" para el desarrollo, fueron perseguidos
sistemáticamente. En testimonios recopilados por José María Borrero, periodista
y autor de La Patagonia Trágica (1928), se registra que por cada indígena
asesinado se pagaba el valor de una oveja, equivalente a una libra esterlina o
un patacón.
El método de control era brutal: los
cazadores o "comisionados" debían entregar una oreja como prueba del crimen
para recibir la recompensa. Aquella práctica, que hoy podría calificarse como
política de exterminio remunerado, fue aceptada por los terratenientes y
tolerada por las autoridades nacionales. La vida humana quedó reducida a una
mercancía, intercambiable por lana o moneda extranjera.
Kla. Del indígena al
peón: la continuidad del sometimiento
Cuando la población indígena fue diezmada,
los nuevos peones rurales —criollos, chilenos, europeos e incluso descendientes
de indígenas sobrevivientes— heredaron las condiciones de servidumbre. Las
estancias del sur funcionaban como feudos: largas jornadas, alimentación
insuficiente, castigos, salarios retenidos y una estricta jerarquía racial y
social.
Así, el peón rural fue el heredero
involuntario del indígena esclavizado. La dominación cambió de nombre, pero no
de esencia. Lo que antes se llamaba "campaña al desierto" pasó a ser "orden
estanciero"; lo que antes fue exterminio, se transformó en explotación. El
resultado fue el mismo: una Patagonia próspera para unos pocos y una vida de
penurias para la mayoría.
Meli. La rebelión y el
silencio
En ese contexto surgieron las Huelgas
Patagónicas de 1920-1921, cuando miles de trabajadores, en su mayoría peones
rurales, decidieron alzarse contra las condiciones inhumanas. Las demandas eran
mínimas: descanso, comida digna, pago justo. Sin embargo, el poder económico y
el Estado respondieron con fusilamientos.
El Ejército Argentino, comandado por el
teniente coronel Héctor Benigno Varela, llevó a cabo dos campañas represivas
que culminaron en la ejecución de más de 1.500 obreros. Las fosas comunes de
Jaramillo, Tehuelches, Gobernador Gregores y otras zonas de Santa Cruz guardan
hasta hoy los cuerpos de aquellos que, como antes los pueblos originarios,
fueron considerados prescindibles.
El periodista José María Borrero, en su
investigación posterior, denunció el pacto de silencio entre terratenientes,
militares y políticos. Su obra La Patagonia Trágica fue una afrenta al poder de
la época. Planeaba publicar una segunda parte titulada "Orgía de Sangre", donde
revelaría los crímenes más atroces y las complicidades institucionales. Ese
libro nunca llegó a ver la luz, y sus manuscritos se perdieron. El título, sin
embargo, quedó como una metáfora precisa de lo que fue la historia patagónica:
una orgía de sangre al servicio del capital.
Kechu. Memoria,
justicia y descolonización histórica
La historia oficial suele comenzar con la
huelga, pero el relato profundo empieza mucho antes: con el genocidio indígena
y la instauración del modelo lanar colonial. La represión de 1921 no fue un
hecho aislado, sino la continuidad de un sistema que nació del despojo.
Recordar hoy estos hechos, desde Santa
Cruz, no es un ejercicio académico: es un acto político y ético. Porque en las
estepas donde aún pastan las ovejas, bajo los nombres ingleses de las
estancias, siguen ocultos los rastros del genocidio y la explotación.
Reivindicar a los caídos por la libertad,
tanto a los obreros como a los Pueblos Originarios, es romper el silencio
impuesto por un siglo de olvido. Y es también recuperar una memoria territorial
que no pertenece a los museos ni a las empresas turísticas, sino a los descendientes
de quienes resistieron.
PETÜ
MONGUELEIÑ.