EVELIA MURILLO: LA MAESTRA QUE EL ESTADO ABANDONÓ ANTES DE QUE LA MATARAN
Por
Fabiana Orozco
Evelia Murillo fue una maestra rural que puso su propio cuerpo para defender a una alumna. Recibió un disparo en el pecho y cayó desplomada en la puerta de la escuela. Murió cumpliendo con aquello que tantas veces se nos exige: proteger, cuidar y educar.
Pero su historia no terminó con aquel disparo. Después llegó el olvido, el silencio institucional y el abandono de una memoria que debería ser sagrada.
Le pusieron su nombre a la escuela de El Bobadal, pero ¿qué hicieron realmente con su legado? Hoy, ese espacio que debería representar memoria y compromiso educativo aparece atravesado por disputas, intereses y acomodamientos, mientras los alumnos y la verdadera función de la institución quedan relegados. ¡Qué contradicción! Una mujer entregó su vida por defender a una niña y el lugar que lleva su nombre termina convertido en objeto de disputa.
Y entonces aparece Nancy.
Otra maestra rural, otra escuela abandonada, otra mujer sola, intentando sostener una institución con apenas cuatro alumnos que llegaban desde distintos lugares. Como Evelia, poniendo el cuerpo, el guardapolvo y la vocación allí donde el Estado no estaba.
Dos mujeres, dos historias atravesadas por la violencia y la desprotección. Ambas estaban trabajando. Ambas merecían regresar a sus hogares. Y ambas nos obligan a preguntarnos cuánto vale la vida de quienes sostienen la educación en los lugares más olvidados.
No alcanza con encontrar un responsable individual y cerrar el expediente. Hay que investigar qué falló antes, qué condiciones de desprotección se naturalizaron y qué responsabilidades institucionales siguen sin respuesta. Porque fueron abandonadas antes de ser asesinadas.
También debemos preguntarnos por la violencia ejercida contra los cuerpos de las mujeres, por la exposición y la vulnerabilidad de quienes trabajan solas, lejos de cualquier estructura de protección. No podemos ignorar la dimensión de género que atraviesa estas historias.
La vocación no puede seguir siendo la excusa para justificar el abandono. No somos cuerpos descartables, ni nuestra entrega profesional puede convertirse en una obligación de arriesgar la vida.
A las autoridades les corresponde responder. A la sociedad, no olvidar. Y a nosotros, sus colegas, nos corresponde mantener viva la memoria y exigir que ninguna otra maestra tenga que convertirse en una víctima para que finalmente alguien decida escuchar.
¿Cuántas más tienen que morir para entender que la educación también necesita proteger a quienes la sostienen?
EVELIA MURILLO NO ES UNA PLACA, NO ES UN NOMBRE EN UNA FACHADA Y NO ES UN EXPEDIENTE ARCHIVADO. ES UNA VIDA QUE NO DEBIÓ PERDERSE. Y SU MEMORIA NO PUEDE SEGUIR SIENDO UTILIZADA MIENTRAS SUS DERECHOS, SU HISTORIA Y SU LEGADO QUEDAN EN EL OLVIDO.
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