El
M´burucuya conocida también como pasionaria o granadilla, es una enredadera
trepadora nativa de Sudamérica.
Alcanza
de 3 a 15 m3tros de altura, es perenne y lechosa y su mayor característica son
sus complejas flores blanco violáceos muy particulares con frutos ovoidales de
vivo color naranja, comestibles y aromáticas. Es muy resistente al frío y es
hospitalaria de bellas mariposas.
Dicen
que dicen...que esta es una hermosa y trágica historia de amor.
Cuentan
que por aquellos tiempos de la conquista arribó a tierras guaraníes, un
estricto capitán español, al mando de una flota europea, acompañado por su
única hija, pues su esposa enferma y fallecida había quedado en España.
Ambos
extrañaban a la mujer por lo que el capitán decidió venir a estas tierras.
Un
joven nativo, al ver a la jovencita comenzó a llamarla M’burucuya y ella le
respondía sonrojada con dulces sonrisas.
Con
el correr de los meses, ambos jóvenes cayeron en amores, y cuando el sol caía y
el monte entraba en tinieblas, escapando de los prejuicios y prohibiciones del
capitán, se escabullían furtivamente y en secreto podía amarse libremente.
En
esa época los padres solían elegir a los cónyuges de sus hijas mujeres, y el
capitán no era la excepción y prometió a la muchacha a un oficial de alto rango
de su tropa.
La
desesperada jovencita temió perder a su verdadero amor y desató toda su ira
contra el padre.
Si
bien los encuentros eran cada vez más espaciados, debido a los riesgos que los
acechaban, si su progenitor
descubría
los encuentros entre su hija y el hereje enemigo. La relación de estos jóvenes
jamás sería aceptada, ellos corrían un serio peligro.
En uno de esos últimos encuentros, el muchacho le obsequió una pequeña flecha con la punta de piedra bien afilada y adornada con una hermosa pluma, toda adornada con sus propias manos.
La jovencita guardó el obsequio cuidadosamente entre los pliegues de su vestido, era una forma de estar más cerca de su amado.
Ellos habían descubierto una forma de comunicarse, con la caída del sol, el joven guaraní se llegaba deslizándose entre las sombras y muy cerca de su ventana, ejecutaba dulces melodías con su rustica flauta de caña.
Ella sabía que él estaba allí, para ella, esperándola.
Por largo tiempo, M`burucuyá escuchó embelesada y soñadora las melódicas notas de la flauta.
Cierta noche, en que la muchacha trataba por todos los medios de escuchar el agradable sonido de la flauta, entre los muchos otros que solían escucharse en la tupída selva, la angustia se apoderó de ella, su amado no estaba allí, todo fue en vano.
Ella, ante la angustia de no saber nada de lo sucedido cayó en la desesperación, se volvió pálida, ojerosa, dejó de hablar, el dolor la invadió completamente.
Una tardecita, cuando el sol ya se había ocultado M`burucuyá creyó escuchar el crujir de los matorrales como cuando alguien se abre paso en el monte, corrió al encuentro esperanzada, sin tener en cuenta la vigilancia, se escabulló en la selva esperando, por una vez más volverlo a ver.
Sin embargo, no era él, una anciana se presentó como la madre del muchacho, que sabiendo del amor que ambos se profesaban, se vio en la obligación de narrarle el trágico final sufrido por su hijo.
Así se entero que su padre, los había descubierto, sin ponerla en conocimiento de tan trágica decisión, mandó a acabar con la vida del joven.
Furiosa y enloquecida por la noticia, fue al encuentro del cuerpo inerte, con sus propias manos cavó la fosa y ayudada por la anciana depositaron el cuerpo en la tierra.
Luego la anciana se marchó llorosa, pero M`burucuyá lejos de tapar la fosa, se arrojó sobre el cuerpo yerto, sacó de entre sus ropas la flecha que él le había obsequiado y se quitó la vida, clavándosela en el corazón.
Al otro día, volvió la anciana a visitar la tumba, encontró los dos cuerpos entrelazados.
La india enterró ambos cuerpos en un claro en medio de la selva.
Tiempo después, al visitar la tumba de los jóvenes, la anciana descubrió en el centro de la sepultura un tallo verde, fino, que más tarde al crecer se transformó en una enredadera, jamás vista en la región, que no dudaron en llamarla M`burucuyá en honor a la muchacha y al amor que ella profesaba.
La enredadera al florecer exhibió flores con pétalos similares a las plumas, una especie de flecha como la que ella se clavó en el corazón y frutos cuya pulpa es roja, como la sangre derramada.
Hoy en día, todos conocen a esta enredadera como pasionaria.