Los
dioses Incas han dejado al carbunclo para cuidar y entregarles el oro que les
fue sustraído por los conquistadores.
Hay
quienes dicen que el carbunclo es un quechua inmortal enmascarado por los
dioses, que se esconde en alguna cueva de la cordillera y guarda tesoros
deslumbrantes.
El
pequeño con el poder de mimetizarse, tiene la forma de una tortuguita de tamaño
pequeño y dicen que algunas veces, su caparazón está cubierto de piedras
preciosas, sus huesos son de oro y plata y su sangre de fuego o de un pequeño
perro o gato.
Dicen
que dicen...que en los Andes aún se esconden tesoros que los españoles no
pudieron sustraerle a los Incas.
Es
fiel a los quechuas desde el Aconcagua hasta los confines de los Andes, nadie
puede verlo, pero que está, está.
La
cordillera silenciosa y obediente espera a los quechuas para entregarles el oro
y la plata.
El
carbunclo, a pesar del tiempo espera quieto, tranquilo y obediente para delatar
a los humillados y desechados por la codicia.
Cuando
algún viajero llega a las altas cumbres, debe ser advertido acerca de la
presencia del carbunclo, porque si se topan con él, su resplandor aterra y el miedo
anula la lengua y paraliza los huesos; luego deben retirarse muertos de miedo.
Debido
a que sus huesos son de oro y plata y su sangre de fuego, por las noches deben
acercarse a los manantiales o a las
cascadas que derraman agua fresca para poder saciar la sed.
Este
fantástico ser no suele verse de día, cuando el sol calienta las laderas, se
refugia en las grutas.
Se
dice que jamás cedió a la codicia de los dioses, pero es un ser bondadoso, y
que al escudriñar a cualquier ser humano puede leerle el alma, de ser así, los
que tienen un buen corazón les hace encontrar escondidas brillantes vetas de
oro.
De ser engañado, no duda en fulminarlo con un resplandor desmedido y si descubre
codicia desmesurada, los castiga con la ceguera.