Eran
las tres de la tarde de un agobiante verano, iba camino a la UBA. Cuando de
repente lo vÍ, como olvidarlo, caminaba arrastrando los pies, tan lentamente
que casi podría confundirlo con un mendigo, al enfrentarlo lo saludé efusivamente,
el profesor me dio un cálido abrazo.
Lo
invite a tomar algo, el mozo y algunos parroquianos nos miraron entrar,
contrastaba mi pulcritud de académico, con la actual presencia del profesor.
Por mi parte, acudía a una cátedra donde exponía algo de lo que mi querido
profesor me había enseñado, debiese ya estar allí, si no hubiese sido por el
encuentro con mi antiguo mentor.
Hacía
pocos años que había egresado de la universidad, soy antropólogo, pero jamás
había olvidado al profesor con su tono irónico y rebelde, ni su personalidad de
pedagogo ilustre, ni sus largos cabellos largos prolijamente peinados con una
prolija trenza, ni sus ojos renegridos que le ponían acento a sus palabras con
su desafiante mirada penetrante, y que en ciertos momentos daba la impresión de
ser un hechicero.
Ahora,
el anciano tenía el rostro tempestuoso, pero al verme parecía iluminársele.
Luego,
invocando algunas razones de geografía mágica, me pidió que nos sentásemos en
algún lugar tranquilo, lo más lejos posibles de las insistentes miradas.
Francamente
no lo comprendí, pero para mis adentros pensé que seguía siendo el mismo
excéntrico de entonces.
Su
aspecto exterior, mirándolo bien había sufrido una transformación, atrás había
quedado aquel académico pulcro y perfumado con colonia cara que vestía
irreprochables trajes azules.
Al
fin le pregunté que deseaba beber, él me confesó algo balbuceante que había
estado muy enfermo y ahora sólo tenía hambre y que si no me ofendía prefería
comer algo.
Entendí
su mensaje, pues si algo había aprendido a reconocer era la desesperación a
través del gesto, la incoherencia y el silencio.
Pedí
un sándwich de milanesa completo y una botella de buen tinto, lo vi devorar el
emparedado con mano temblorosa, su rostro amarillento oculto por una espesa barba
canosa de varios días pareció tomar un poco de color después del segundo vaso
de vino, que de vez en cuando se convulsionaba con una insistente tos obligándolo
a taparse la boca de tanto en tanto, su cabellera, ahora no tan bien trenzada y
la dureza de su mirada le daban un aire de feroz arrogancia.
Entonces
le pregunté que le había pasado, a lo que él me respondió que sus colegas lo
habían derrotado, y con una inconfundible furia verbal me dijo que había
quedado atrapado por las leyes del absurdo y la autocompasión, que había
perdido anhelos y sueños, y según él, sólo poseía odio y horror.
Volví
a preguntarle que le había sucedido con sus cátedras, con sus maravillosas
conferencias, con sus libros, con su reconocida fama...
Fue
así que me contó haberlo perdido todo, y que ni siquiera tenía para comer, pero
si bien había perdido todo, en cierta forma se alegraba, porque las acciones de
su persona tanto buenas como malas durante su ciclo de vida y la siguiente, ya
estaban echadas, y por vez primera comprendía lo que antes ignoraba.
Se
detuvo un momento y por un instante pareció recuperar su magnificencia, después
hundió su mirada en la mía y con voz ronca, casi advirtiéndome me dijo que el
hombre cuando "triunfa se vuelve intolerante".
Luego,
tras la segunda botella, recordamos viejos tiempos, antiguas anécdotas y de las
lenguas antiguas, de todas y en todas sus formas y nos mofamos de toda la
gramática.
Le
ofrecí un cigarro, él lo pitó con vehemencia y con una mirada cómplice me contó
que hacía tiempo, en un viaje recorriendo ruinas ancestrales había conocido un
viejo shaman, quien lo invitó a recorrer cenotes y cuevas que pocos conocían.
En
una de esas incursiones, en las profundidades de una cueva encontraron una
pieza que nos llamo poderosamente la atención, era una rara pieza que al
enfocarla te retrataba como una cámara fotográfica y algunos códices con
conocimientos astronómicos de antes de la conquista.
A
esta altura del relato, se acercó más a mi silla como si fuera a confiarme su
más preciado secreto.
Entonces
prosiguió con su relato y casi susurrando me confió que los manuscritos y
códices encerraban muchos misterios sobre tecnologías actuales, pero como él
también se había interesado en aquel aparato, el shaman, tal vez alagado en su
vanidad lo retrato con ella, para luego revelarle que había en ciertas
ocasiones no sólo retrataba el cuerpo, si no también, que algunas veces tenía la
bondad de retratar el alma.
Lo
escuche en silencio, con el respeto que mi querido profesor se merecía.
Más
tarde, llegó la hora de despedirnos, consternado por la situación que
atravesaba, quería salvarlo de la indigencia, le pedí que nos viésemos en los
días sucesivos, pues desde mi holgada posición podría devolverle parte de lo
perdido.
Pasaron
los días, pero no tuve noticias del profesor, mis ocupaciones hicieron que
fueran pasando los días y olvidara el asunto por completo.
Una
mañana llamaron a mi puerta, era un paquete a mi nombre, apurado lo abrí,
encontré un escrito con su inolvidable letra copiosa de arabescos con mi nombre
escrito en él, debajo vi una pequeña caja forrada en piel, al abrirla descubrí
la cámara y lo que sería su lente se reflejaba el inconfundible rostro del
profesor, que me miraba con sus negros ojos inmensamente fijos, al leer la
esquela, al reverso de la misma vi una fecha ilegible y una inscripción de su
puño y letra que decía "EXISTE UN GRAN VACIO".
Me
quedé muy alterado y sobresaltado, resolví buscarlo, como era una persona
conocida, no me costó demasiado rastrear sus pasos, sólo que llegué tarde, mi
bien amado profesor Lautaro había fallecido horas antes en una olvidada y
mugrosa pensión.
Me
sentí culpable por no haberlo buscado antes, pensé que tal vez lo podría haber
salvado, o al menos podría haber tenido una muerte menos solitaria y más
decorosa, mi conciencia culposa me lo reclamaba e inmediatamente hice los
arreglos para un funeral de acuerdo a su investidura.
Luego
volví a mi departamento de Puerto Madero.
La
desazón apretujaba mi alma, me sentí realmente triste, decidí servirme un
trago, me apoltroné en un mullido sillón, me quité los zapatos y la corbata,
encendí un cigarro y el desconsuelo me llevó a querer ver su rostro una vez
más, abrí el cajón de mi escritorio, quería al menos pedirle perdón, allí
estaba el aparatejo con su rostro impreso en él, pero cuando lo tomé en mis
manos, una sensación de angustiante estupor se apoderó de mi, cuando la imagen
de reproche lentamente comenzó a desvanecerse.
¡No era posible!, los hechos traspasaban los umbrales
de toda lógica y hacían tambalear mi pequeño universo, mi religión y sobre todo
mi forma de vida, ahora casi comprendía en secreto. Era casi una advertencia,
guarde el aparatejo, lo único que se leía en él era la frase, " "EXISTE UN GRAN VACIO".