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EL SECRETO

por Susana C. Otero




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Eran las tres de la tarde de un agobiante verano, iba camino a la UBA. Cuando de repente lo vÍ, como olvidarlo, caminaba arrastrando los pies, tan lentamente que casi podría confundirlo con un mendigo, al enfrentarlo lo saludé efusivamente, el profesor me dio un cálido abrazo.

Lo invite a tomar algo, el mozo y algunos parroquianos nos miraron entrar, contrastaba mi pulcritud de académico, con la actual presencia del profesor. Por mi parte, acudía a una cátedra donde exponía algo de lo que mi querido profesor me había enseñado, debiese ya estar allí, si no hubiese sido por el encuentro con mi antiguo mentor.

Hacía pocos años que había egresado de la universidad, soy antropólogo, pero jamás había olvidado al profesor con su tono irónico y rebelde, ni su personalidad de pedagogo ilustre, ni sus largos cabellos largos prolijamente peinados con una prolija trenza, ni sus ojos renegridos que le ponían acento a sus palabras con su desafiante mirada penetrante, y que en ciertos momentos daba la impresión de ser un hechicero.

Ahora, el anciano tenía el rostro tempestuoso, pero al verme parecía iluminársele.

Luego, invocando algunas razones de geografía mágica, me pidió que nos sentásemos en algún lugar tranquilo, lo más lejos posibles de las insistentes miradas.

Francamente no lo comprendí, pero para mis adentros pensé que seguía siendo el mismo excéntrico de entonces.

Su aspecto exterior, mirándolo bien había sufrido una transformación, atrás había quedado aquel académico pulcro y perfumado con colonia cara que vestía irreprochables trajes azules.

Al fin le pregunté que deseaba beber, él me confesó algo balbuceante que había estado muy enfermo y ahora sólo tenía hambre y que si no me ofendía prefería comer algo.

Entendí su mensaje, pues si algo había aprendido a reconocer era la desesperación a través del gesto, la incoherencia y el silencio.

Pedí un sándwich de milanesa completo y una botella de buen tinto, lo vi devorar el emparedado con mano temblorosa, su rostro amarillento oculto por una espesa barba canosa de varios días pareció tomar un poco de color después del segundo vaso de vino, que de vez en cuando se convulsionaba con una insistente tos obligándolo a taparse la boca de tanto en tanto, su cabellera, ahora no tan bien trenzada y la dureza de su mirada le daban un aire de feroz arrogancia.

Entonces le pregunté que le había pasado, a lo que él me respondió que sus colegas lo habían derrotado, y con una inconfundible furia verbal me dijo que había quedado atrapado por las leyes del absurdo y la autocompasión, que había perdido anhelos y sueños, y según él, sólo poseía odio y horror.

Volví a preguntarle que le había sucedido con sus cátedras, con sus maravillosas conferencias, con sus libros, con su reconocida fama...

Fue así que me contó haberlo perdido todo, y que ni siquiera tenía para comer, pero si bien había perdido todo, en cierta forma se alegraba, porque las acciones de su persona tanto buenas como malas durante su ciclo de vida y la siguiente, ya estaban echadas, y por vez primera comprendía lo que antes ignoraba.

Se detuvo un momento y por un instante pareció recuperar su magnificencia, después hundió su mirada en la mía y con voz ronca, casi advirtiéndome me dijo que el hombre cuando "triunfa se vuelve intolerante".

Luego, tras la segunda botella, recordamos viejos tiempos, antiguas anécdotas y de las lenguas antiguas, de todas y en todas sus formas y nos mofamos de toda la gramática.

Le ofrecí un cigarro, él lo pitó con vehemencia y con una mirada cómplice me contó que hacía tiempo, en un viaje recorriendo ruinas ancestrales había conocido un viejo shaman, quien lo invitó a recorrer cenotes y cuevas que pocos conocían.

En una de esas incursiones, en las profundidades de una cueva encontraron una pieza que nos llamo poderosamente la atención, era una rara pieza que al enfocarla te retrataba como una cámara fotográfica y algunos códices con conocimientos astronómicos de antes de la conquista.

A esta altura del relato, se acercó más a mi silla como si fuera a confiarme su más preciado secreto.

Entonces prosiguió con su relato y casi susurrando me confió que los manuscritos y códices encerraban muchos misterios sobre tecnologías actuales, pero como él también se había interesado en aquel aparato, el shaman, tal vez alagado en su vanidad lo retrato con ella, para luego revelarle que había en ciertas ocasiones no sólo retrataba el cuerpo, si no también, que algunas veces tenía la bondad de retratar el alma.

Lo escuche en silencio, con el respeto que mi querido profesor se merecía.

Más tarde, llegó la hora de despedirnos, consternado por la situación que atravesaba, quería salvarlo de la indigencia, le pedí que nos viésemos en los días sucesivos, pues desde mi holgada posición podría devolverle parte de lo perdido.

Pasaron los días, pero no tuve noticias del profesor, mis ocupaciones hicieron que fueran pasando los días y olvidara el asunto por completo.

Una mañana llamaron a mi puerta, era un paquete a mi nombre, apurado lo abrí, encontré un escrito con su inolvidable letra copiosa de arabescos con mi nombre escrito en él, debajo vi una pequeña caja forrada en piel, al abrirla descubrí la cámara y lo que sería su lente se reflejaba el inconfundible rostro del profesor, que me miraba con sus negros ojos inmensamente fijos, al leer la esquela, al reverso de la misma vi una fecha ilegible y una inscripción de su puño y letra que decía "EXISTE UN GRAN VACIO".

Me quedé muy alterado y sobresaltado, resolví buscarlo, como era una persona conocida, no me costó demasiado rastrear sus pasos, sólo que llegué tarde, mi bien amado profesor Lautaro había fallecido horas antes en una olvidada y mugrosa pensión.

Me sentí culpable por no haberlo buscado antes, pensé que tal vez lo podría haber salvado, o al menos podría haber tenido una muerte menos solitaria y más decorosa, mi conciencia culposa me lo reclamaba e inmediatamente hice los arreglos para un funeral de acuerdo a su investidura.

Luego volví a mi departamento de Puerto Madero.

La desazón apretujaba mi alma, me sentí realmente triste, decidí servirme un trago, me apoltroné en un mullido sillón, me quité los zapatos y la corbata, encendí un cigarro y el desconsuelo me llevó a querer ver su rostro una vez más, abrí el cajón de mi escritorio, quería al menos pedirle perdón, allí estaba el aparatejo con su rostro impreso en él, pero cuando lo tomé en mis manos, una sensación de angustiante estupor se apoderó de mi, cuando la imagen de reproche lentamente comenzó a desvanecerse.

¡No era posible!, los hechos traspasaban los umbrales de toda lógica y hacían tambalear mi pequeño universo, mi religión y sobre todo mi forma de vida, ahora casi comprendía en secreto. Era casi una advertencia, guarde el aparatejo, lo único que se leía en él era la frase, "  "EXISTE UN GRAN VACIO".  

 

 

 



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