El
chingolo es un pequeño ave, común de Argentina y otros países de Sudamérica,
mide de 13 a a5 cm. de largo, su cabeza es gris y negra al igual que su copete,
su dorso es parduzco estriado de negro con un collar canela en la nuca y barras
alares blancas.
Se
alimenta de semillas, néctar y flores, bayas e insectos.
Se
los puede encontrar en bandadas o solitarios en una vasta variedad de
ambientes.
A
Chingolito muchas veces lo tildaban de picaflor, a él le gustaban todas las
chingolitas y esa era una tarea por demás agitada, debido a sus picardías
muchas veces terminaba más cansado de lo necesario.
Una
fría mañana de invierno, donde una inesperada helada había cubierto todo, él se distrajo y mojó sus patas en las heladas gotas de rocío, un trozo de hielo
quedó adherido a sus patitas que lo sujetaban y no le permitían desprenderse
de él.
El
pobre animalito estaba desesperado, como pudo se desplazó a los saltitos y en
una alocada decisión fue a pedirle ayuda al sol.
-¡Oiga
Don Sol! ¿podría usted ayudarme a derretir este pedazo de hielo que me tiene
prisionero
?.
-Con
gusto te ayudaría, pero esa nube roja me ataja y no irradio suficiente calor.
Entonces
se dirigió hasta la nube, -¿podría usted señora Nube correrse un poco así el
Sol me derrite el hielo que me tiene a los saltos?-.
-De
buenas ganas lo haría, pero no puedo porque el Señor Viento me está empujando-,
y allí fue el chingolito a pedirle al Viento que cese de soplar tan fuerte.
-De
mil amores lo haría, pero aquel rancho se interpone y no puedo ayudarlo-.
Entonces
el pequeño pajarito, todavía a los saltitos se dirigió hasta donde se levantaba
el rancho y sin más ni menos, a boca de jarro le preguntó: -Podría usted Don
Rancho ayudarme a derretir este molesto trozo de nieve que tengo aquí,
aprisionando mis patitas?-.
-De
mil amores lo ayudaría, pero no puedo porque un caluroso fuego me quema, pero
un chorro de agua me apagaría -, y allá fue la avecilla hasta el chorro de agua, y
otra vez se enteró que el Agua lo haría con gusto, pero una enorme piedra
interrumpía el camino y el Agua no podía llegar hasta él.
El
pajarito estaba desesperado y desesperanzado y una vez más, se llegó hasta
donde se hallaba la piedra, y ella con delicadeza le explicó que estaba
sujeta al suelo y eso le impedía derretir el hielo a sus patitas y agregó sólo
el hombre sería capaz de ayudarte, - ¡no pierdas más tiempo! –
Largo
rato le llevó al pequeño Chingolo ir a los saltitos hasta la casa del hombre,
al llegar trató de hacerse oír, hasta que, después de un tiempo apareció un
humano con un mate en la mano, que precisas pequeño le preguntó;-¿ Podría usted
ayudarme a derretir este trozo de escarcha que me aprisiona y de la que nadie ha sido capaz de librarme?-
-Por
supuesto, ¡claro que puedo!, admitió el hombre, y con sumo cuidado, manos
firmes y mucha delicadeza partió el trozo de hielo y con su propio aliento dio
calor a esas patitas congeladas, entonces suavemente lo apoyó en el suelo.
Debido
al tiempo que tardó la liberación de sus patitas tiesas ya no pudo volver a
caminar y ahora lo hace a los saltitos, tal cual hoy en día lo vemos.
En
agradecimiento al hombre que le devolvió la libertad, se quedó a vivir cerquita
de su casa y al llegar la primavera alegrarlo con su inconfundible canto
compuesto de cuatro notas introductorias seguidas de un trino final.