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El Lobizón

por Susana C. Otero (adaptaciones e ilustración)




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    Por medio del cine, hemos conocido más familiarmente a la figura de ese raro hombre, que por las noches de luna llena sufre una transfiguración física, por lo cual tanto su cara, sus manos y la totalidad de su cuerpo llegan a cubrirse de pelos, sus uñas se convierten en poderosas garras y ni que hablar de sus dientes, que crecen horriblemente completando un cuadro de verdadera ferocidad, para más tarde, salir por los caminos y atacar hombres y animales.

   El origen de esta superstición retrocede en el tiempo para situarse en países de influencia céltica, como Gales Bretaña y Galicia, para luego cobrar vida en ciertos escritores latinos del viejo mundo.

   También, hay quienes la sitúan en Grecia.

   Según se cuenta esta creencia, era tan popular, que hasta el siglo XIX fueron llevadas varias personas a juicio acusadas de convertirse en lobos.

   Luego, también intervino la medicina y los médicos de aquellos tiempos, calificaron de licantropía (del griego likán lobo y anthropos, hombre) a diversos estados neuropatológicos y sicopáticos entre los que se puede encontrar la locura maníaco depresiva, la demencia precoz y deferentes formas de degeneración mental o delirio en que el paciente, se tilde de licántropo.

   Sucede algunas veces que el licántropo es una persona que siente impulsos que lo llevan a actuar como lobo, sin que esto implique que el susodicho sea un animal o vaya a cometer un asesinato.

   Un asonado caso, y por cierto muy curioso, sucedió en Nueva York con una refugiada rusa, en tiempos de la postguerra cuyo nombre era Nastatia Filipovna.

   Cuentan que esta muchacha, era hija de una aristócrata familia y que su apariencia no era demasiado afortunada, tal es así que al describir su apariencia, se la tildaba de lobuna, ya que poseía unos enormes ojos separados entre sí, su frente era poderosamente baja y bastante amplia, lucía una enorme boca poblada de relucientes dientes blancos y bastantes grandes y la nariz muy pronunciada.

   Esta era una joven a la que le fascinaban las ciencias ocultas y según cuentan, lograba en trance sumergirse en un mundo inimaginable, como habitar las cavernas junto a los mongoles y realizar ciertos trabajos destinados a las mujeres, como desollar un oso, con un primitivo cuchillo de piedra.

   Cierta vez, la joven Nastatia fue invitada por un grupo experimental de ocultismo a realizar ciertas experiencias las cuales consistían en meditar largo rato, para luego entrar en un estado de trance y traspasar "una puerta" y entrar en otros mundos.

   Relatan que la joven permaneció en cuclillas, apoyada sobre sus talones por más de una hora sin que nada ocurriera, sin embargo, en cierto momento la oyeron exclamar que ya estaba entrando y que la puerta se estaba abriendo hacia el exterior.

   Luego comenzó a describir como era allí, afuera.

   Relató que todo estaba blanco, que había nieve por todas partes y que era hermoso ver la luna en la nieve blanca y los árboles, dijo estar afuera, tendida en la nieve y no sentir frío, ya que tenía un abrigo de piel que no se lo permitía.

   Más tarde agregó, -  "estoy desnuda dentro de mi abrigo de piel, toda desnuda y puedo sentir la tibieza de la blanca nieve, mis mejillas y mi vientre rozan la nieve tibia y me desplazo con manos y rodillas" -,  para luego gritar que se arrastraba con manos y pies logrando desplazarse cada vez más rápido, tan rápido como el viento y que le era muy placentero oler la nieve; lo decía jadeando cada vez más pesadamente.

   Los sonidos que profirió luego ya no eran humanos, los presentes los describieron como jadeo y ladridos y por último un espectral aullido, como solo los lobos pueden hacerlo.

   Uno de los asistentes espantado golpeó a la muchacha diciéndole que despertara, que todo había sido un sueño, por lo que Nastatia gruñó desaforadamente, clavó los ojos en su víctima y se abalanzó sobre él, directo a la garganta.

   Por suerte, el haber estado tanto tiempo en cuclillas le había entumecido las piernas y la joven se desplomó pesadamente sobre el piso, sin alcanzarlo, luego como pudo se arrastró en cuatro patas por el piso para ir a refugiarse a un rincón oscuro de la habitación. Los presentes encendieron las luces del recinto y envolvieron a la muchacha en frazadas y le hicieron oler amoníaco para que recobrara la lucidez.

   Un rato después, ya repuesta de la experiencia relató a los presentes que en su niñez, en la lejana Rusia, había observado a una manada de lobos en libertad y en esa ocasión había deseado con toda su alma correr junto a la manada; tanto que se sintió identificada con ellos y había tenido el sentimiento y la imperiosa necesidad de actuar al igual que ellos.

   Tal vez muchas personas no hallen una satisfacción con las explicaciones de esta mujer y piensen que ella era realmente una loba, quien puede sin temor equivocarse, dar una explicación certera de la historia.

   Ya en nuestro país, este supersticioso mito ha sido traído de la mano de los conquistadores, ya que muchos recopiladores de nuestras costumbres creen que en sus comienzos fue griego, para luego extenderse por España y Portugal.

 

Dicen que dicen... que el séptimo hijo varón consecutivo será, en su adultez, lobizón o luisón y si fuesen siete las niñas consecutivas, la séptima, será bruja.

   ¿Cómo es esto?, bueno es creencia que en circunstancias especiales el séptimo hijo varón podrá transformarse en un perro lobo, lo que seguramente sucederá los viernes de luna llena por la noche.

   Se dice que éste abandonará el hogar furtivamente para ir a revolcarse en un estercoral cercano y mientras esto sucede, se irá metamorfoseando en una temible bestia.

   También se dice que quien ve al lobizón jamás lo podrá olvidar por su terrible apariencia, y que la persona que con valentía lo hiera, cosa que no es nada fácil, logrará que éste recobre su apariencia humana.

   La creencia popular dice que si al séptimo hijo varón se le pone como nombre Benito y el mayor de los hermano lo apadrina, el maleficio quedará nulo. (En éste último párrafo se puede constatar fehacientemente la influencia religiosa llegada con la conquista).     

 



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