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"POP WUJ EL LIBRO DEL TIEMPO" EN NUESTROS TEATROS EN 2020


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PALABRAS PRELIMINARES SOBRE POR QUÉ REALIZAR HOY ESTA OBRA

A fines del siglo XIX José Martí advirtió ya, a propósito de Nuestra América, que ella no saldría de su letargo colonial si el indio no lo hacía antes, y las últimas décadas vinieron a darle la razón a este poeta visionario. Ante el fracaso de los modelos impuestos por las potencias occidentales, presentados siempre como una panacea universal, la única salida a la vez racional y ética proviene hoy de la sabiduría de estos pueblos ancestrales que se afirman aún en sus raíces, señalando que hay otro mundo posible, libre de opresiones, que dé así cuenta de la madurez de la especie humana. Pero en este punto se advierte que marchamos hacia atrás, pues mientras antes se nos colonizaba con culturas prestigiosas, las que en buena medida fueron apropiadas y convertidas en parte de nuestro patrimonio simbólico, lo que hoy nos coloniza son productos híbridos y mediáticos que banalizan el mundo, lo homogenizan en base a meras pautas de consumo y destruyen el lenguaje, que es lo que caracteriza al Homo sapiens. Se trata entonces de algo más que de un nuevo proceso de colonización cultural, pues podríamos estar cayendo por esta vía en una verdadera mutación antropológica, en la que el hombre que explora los abismos del pensamiento y los sentimientos está siendo desplazado por un individuo conformista y sin solidaridad alguna, cuyo único objetivo vital no es ya saber y producir en base a ese saber grandes obras espirituales, sino consumir y vaciar a las pocas palabras con las que se ha quedado de su contenido de verdad: bien sabemos que para ponerlas al servicio de la mercancía es preciso abolir su vínculo con la acción.

La historia europea no es la historia universal, sino apenas una parte tardía de ella. No obstante, toda otra forma de saber, de experimentar y dar cuenta del mundo, es calificada de arcaica, primitiva, tradicional o premoderna, aunque se la mira con más benevolencia si se expresa en la lengua dominante y ajustándose a sus categorías conceptuales. 

La rebelión de Chiapas sacó a los pueblos originarios del pasado, de su triste papel de referencia inmóvil para medir la modernidad o "progreso" de los sectores dominantes, para instalarlos en el futuro. Un futuro no sólo para ellos, sino también para América y otras partes del mundo que adopten sus sabios principios. El mismo día en que México traicionaba su rica historia, consumando su boda con Estados Unidos, en su afán de ingresar al "Primer Mundo", los mayas, pueblo al que homenajeamos en esta obra, rechazaron dicho modelo, para no embarcarse en ese regreso a la barbarie. Se mostraron así fieles a la gran civilización de sus ancestros, que fuera comparada con la griega.

Cabe destacar asimismo que el Foro Social Mundial, como alternativa al de Davos, nació en la selva Lacandona y no en las grandes ciudades de América y Europa. Los sectores progresistas pusieron de inmediato sus ojos en el Movimiento Zapatista, así como en Bolivia y Ecuador, países que dieron entonces al mundo constituciones políticas plurinacionales muy avanzadas y también principios filosóficos y jurídicos válidos para toda una humanidad que parece hoy, por sus guerras y disputas, haberse quedado sin propuestas.

            Esta defensa de las culturas de los pueblos originarios no implica circunscribir a ellos el tema de la diversidad cultural. Son nuestras raíces más antiguas, pero no las únicas, y todas ellas deben juntar sus saberes recuperados para desbrozar las sendas de nuestro despegue como civilización propia, tema este (el civilizatorio) que sigue sin ser asumido por nuestra región. Defender la pluralidad cultural es defender las matrices simbólicas, no las infinitas hibridaciones a las que éstas dieron lugar. Hacia el final de su vida, Darcy Ribeiro se atrevió a decir que surgimos de una negación, de la desindianización del indio, de la desafricanización del africano y la deseuropeización del europeo, pero eso, añade, no nos convirtió en seres culturalmente más ricos, sino en gente tabula rasa y hasta más pobre culturalmente que cualquiera de las matrices. Lo valioso de la afirmación de Darcy Ribeiro es la idea de que lo que fue desindianizado, desafricanizado y deseuropeizado puede ser recuperado desde una conciencia residual y recompuesto. Bonfil Batalla defendió esta idea en su libro México profundo. Una civilización negada y otros textos. Éste será nuestro verdadero aporte a una humanidad plenamente consciente de sí misma, que permita coronar la ya larga y sangrienta aventura de la especie con una racionalidad fundada en la solidaridad y no en el más crudo individualismo consumista que en forma acelerada se precipita en la barbarie. La modernidad y la comunidad no se oponen. La modernidad de su comunidad -a la que llamaremos propia o paralela, no periférica- es lo único que permitirá a las matrices culturales liberarse de la opresión y conquistar un lugar digno en el mundo.

            Ante el notorio retroceso de los ideales emancipatorios que padece hoy Nuestra América, esta obra quiere ser no sólo un homenaje a la civilización  maya y nuestros antiguos esplendores, sino también un arma cultural que nos permita recuperar nuestra historia y un lugar digno en el mundo, desterrando toda forma de colonialismo.

 


Adolfo Colombres, autor

               

ACERCA DE LA OBRA

Podría decirse que la literatura indígena de América nació signada por el fuego. Así, en su "Relación de las cosas de Yucatán", escribe fray Diego de Landa: "Hallámosles gran cantidad de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena". Tan sistemático fue este auto de fe, que de la civilización maya sólo se salvaron tres códices, y los tres están hoy en museos de Europa.

            El POPOL VUH, tal como se lo conoció hasta ahora, o POP WUJ, según la versión descolonizadora de don Adrián Chávez, el primer maestro indígena que tuvo Guatemala, llegó hasta nosotros gracias a una serie de afortunados azares, ya que se perdió el manuscrito original y sólo  quedó una copia del mismo, no del todo fidedigna. Junto con los documentos sagrados fueron eliminados los sabios, las capas intelectuales que asesoraban y desarrollaban la herencia cultural maya, una de las más altas civilizaciones antiguas del continente. El resultado fue un brusco y pronunciado retroceso evolutivo por la pérdida del patrimonio simbólico, que en el caso de los mayas se insertó en un periodo ya de declinación.

            Cuando en 1690 llegó a manos del padre Jiménez, un misionero dominico, en el actual Chichicastenango, el manuscrito redactado por un escriba indígena hacia el año 1550, no había ya un kiché con el nivel de conocimientos necesarios para ayudar al fraile  a realizar una fiel traducción al castellano. Se unía a esto la falta de signos y letras en dicho idioma para representar ciertas consonantes indígenas que no son más que ruidos vocales, algo que dio lugar a varias y serias confusiones.

            Chávez comienza rectificando el nombre del libro, arguyendo que Popol no significa nada en la lengua kiché, por lo que rebautiza al texto sagrado como Pop Wuj. Pop en su lengua significa papel, libro, y wuj es el nombre del primer mes del calendario maya, por lo que en castellano podría llamarse Libro del Tiempo. Así denominamos a la traducción de este poema mito-histórico realizada por Chávez, prologada por Carlos Guzmán Böckler y revisado en lo literario por Adolfo Colombres, quien escribe asimismo una nota preliminar para la edición que sirve de base al presente drama danzado. Para la realización escénica de esta obra, Colombres se basa principalmente en la versión de don Adrián Chávez, aunque tomando en cuenta también otras versiones, en busca de convergencias y de un mejor sustrato poético, ya que Chávez lo presenta como poema mito-histórico.

Los mitos (o la historia) de los kichés habrían empezado a contarse desde su llegada a Siwán Tinimit, la actual Guatemala, ocurrida en tiempos anteriores a la era cristiana, transfiriéndose por vía oral durante siglos. Adrián Chávez, en su intento de descolonizar este libro capital de la América precolombina, tuvo que crear siete letras y dos tildes. Con éstas y otras consideraciones logró erradicar la idea de los gemelos, así como las florituras románticas añadidas en las distintas versiones, haciendo que las palabras suenen como las piedras que arrastran los ríos profundos, aunque también sorprendiéndonos con ricas metáforas, como los 400 hijos convertidos en una constelación, Shbalanké subiendo al cielo para transfigurarse en el Sol, y un escupitajo en la palma de la mano de la doncella Ishkik como símbolo de la generación humana.

            El castellano de Chávez acusa un fuerte impacto de la sintaxis kiché, así como el quechua se hace presente en la escritura de José María Arguedas y el guaraní en la de Roa Bastos.

            Para esta obra tomamos como referencia el Rabinal Achí, que se presentó ya en su lejano origen como drama danzado, lo que nos permite sustituirlo en nuestro caso por una danza-teatro de carácter experimental y contemporáneo. Quien pasó a este texto a la escritura en kiché fue Bartolo Zis, un indígena del pueblo guatemalteco de Rabinal. En 1855 se lo dictó al abate Brasseur de Bourbourg, a la sazón cura de ese pueblo, quien lo vertió al francés y lo publicó en esa lengua, dándolo así a conocer en Europa poco tiempo después. Se representó en enero de 1856, y se dice que la puesta en escena culminó con un sacrificio humano sobre una piedra ritual. Se supone que este drama viene del siglo XII. Recién en 1929 se lo tradujo al español, en una adaptación del escritor guatemalteco José Antonio Villacorta. Fue publicado en nuestra lengua en 1942, con un anexo de seis páginas de partituras musicales, a las que tomamos en cuenta en la musicalización. En 1944 lo publicó en Buenos Aires la Editorial Nova.

 

(Para una mayor comprensión de esta obra, consultar el volumen 7 de la Biblioteca de Cultura Popular, dirigida por Adolfo Colombres y publicada en Buenos Aires por Ediciones del Sol).

 

 

 

ORGANIZACIÓN PARA EL MONTAJE DE LA OBRA

Director General: Galileo Bodoc

Director  Musical: Alejandro Iglesias Rossi

Asistente del Director Musical: Juan Pablo Nicoletti

Dirección coreográfica: Cecilia Hopkins

Directora de Artes Escenográficas y Visuales: Susana Ferreres

Asistente en Artes Escenográficas y Visuales: Celeste Gomis

Autor del texto dramático y su ajuste a la puesta: Adolfo Colombres

Producción y logística: Mara Gassibe y María Sol Colombres

Elenco de danzantes: Cecilia Hopkins, María Soledad Márquez y otros

Elenco actoral: María Victoria Felipini, Gilda Sosa, Ludmila Acierno y otros

Músicos en Escena: Juan Vila y otros de la Orquesta de la UNTREF

Realización de máscaras: Orquesta de la UNTREF

Escenografía, artes visuales y vestuario: Celeste Gomiz

 



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