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COMO LOS TOBAS CONSIGUIERON EL FUEGO

por Susana C. Otero (adaptaciones e ilustración)




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     Dicen que dicen ... que los Tobas o frentones no sólo comían pescado, encontraban muy duras las raíces y otro tanto las carnes crudas.

   Todos se quejaban y muy pocos llegaban a la adultez con dientes, la dureza de los alimentos, que al no poderlos digerir les hacía doler la panza y además todos perdían las piezas dentarias. El cacique que escuchaba atento las quejas de su comunidad decidió buscar una solución, se dijo a sí mismo que la solución debía ser el fuego.

   Él había observado como el rayo prendía y quemaba los pastos y los convertía en cenizas, pero su problema era como transportarlo.

   En sus planteos pensó hablar con el zorro, pero no tenía alas...

   Entonces, que tal si se lo proponía al carancho, estaba buscándolo, cuando lo oyó quejarse por su fuerte dolor de dientes y muelas... era el momento adecuado.

   Hacía rato que el carancho y su familia sufría por la situación, por consecuencia decidió ayudar. El pajarraco decidió hacer un vuelo de observación, desde el aire dio una vuelta rasante sobre la isla, el viborón con sus crestas mojadas y su larguísimo cuerpo se divertía alrededor de la isla. Las quejas de los Tobas le hacían gracia.

   Desde lejos, al ver al carancho, el viborón se preparaba para dar enormes saltos acompañados de tremendos y mojados coletazos.

   El carancho se posó sobre un tronco seco. Los Tobas observaban la situación desde la isla y por más que el cacique les daba confianza, dudaban de la astucia del carancho para transportar el fuego desde la montaña que humeaba hasta allí. Por más que lo habían visto extender las alas al máximo y practicar el planeo, inclinándose hacia uno y otro costado, se preguntaban cómo podría ocultar en su pico la humeante brasa encendida el carancho.

   El agua que coleteaba y zigzagueaba estremeciéndose y salpicando alto y con fuerza, desde allí le advirtió al carancho: -¡Ni se te ocurra entrar con fuego a la isla!- El carancho volvió a dar otro vuelo alrededor de la isla y casi rozó el agua inquieta, luego se posó el pajarraco sobre una rama, y el Viborón volvió a advertirle: -¡Nadie puede entrar con fuego a la isla, oíste bien Pajarraco!-.

   El agua se acercaba cada vez más al vuelo del Carancho, los frentones miraban desde la isla como el agua insistía mojar al pájaro. -Nadie puede entrar con fuego al territorio de los Tobas!- , gritaba desde abajo el agua. -Voy camino a la isla de los Tobas y no llevo ni brasa ni rama encendida- , le contestó el carancho.

   Los Tobas estaban ya, dándose por vencidos, tal vez debiesen dándose por vencidos, tal vez debiesen conformarse con perder los dientes, si hasta el cacique ya estaba pensando localizar al astuto zorro.

   El carancho cansado de tanta prepotencia aleteó fuerte y llegó con mucho esfuerzo a aterrizar sobre un pajonal en tierra firme.

   Ya en tierra, sin mucho que explicar, solicitó un madero chato y una rama en punta, después del esfuerzo, nadie se atrevió a contradecirlo.

   Ante el asombro generalizado, tomo la madera chata, la sostuvo en el suelo e hizo un agujero, dentro del hueco apoyo la vara en punta y juntando las palmas, las frotó haciéndolas girar cada vez con más fuerza la vara, más y más, frotó tanto que de ambas maderas comenzó a salir humito, entonces pidió hojas, ramas y pasto seco.

   Luego, con sumo cuidado, acercó las hojas secas, luego el resto, cuando se calentaron y a arder, la fogata era ya un hecho. Ahora, sólo era preciso cocinar. Todos, siempre con la supervisión del carancho, practicaban encender el fuego como él les había enseñado. Luego hicieron una gran fiesta, comieron carne de jabalí asada y mandioca cocida, bailaron mucho, al fin el pueblo estaba feliz.

   Mientras tanto, el carancho se fabricó una lanza de metal y luego la calentó en el fuego hasta que se volvió rojo encendida.

   Entonces corrió hasta el agua que rodeaba la isla y en ella hundió su lanza al rojo vivo una y otra vez, hasta que el líquido comenzó a evaporarse levantando un fuerte vapor caliente. Cuando el agua se evaporó, todo el pueblo pudo entrar y salir de la isla en total libertad. El carancho los había liberado.



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