El Sapo y el
Suri
Sapo
: batracio anfibio del
orden de los anuros, de cuerpo rechoncho, ojos saltones, extremidades cortas y
piel verde, lleno de verrugas.
Ñandú
: (Rhea
americana) originario de América meridional.
Otros nombres: Ñandú-guasú (guaraní), Choique o Chuequé (indios
pampa), Surí (calchaquí). A los polluelos se los denomina Charas, charitos y
charabones.
Ave corredora a la que se le hace imposible volar, semejante al
avestruz africano, aunque de menor tamaño.
Existen en Argentina muchas historias como éstas que ya paso a
relatarles.
Dicen que dicen...
que en un hermoso valle de Salta, muy cerca de la Cordillera
de Los Andes, vivían un Ñandú, (al que todos en el noroeste conocen como Suri)
y un Sapo.
Cierto día, bajó el Suri con su habitual
elegancia para beber agua de una charca al píe de los cerros, también dicen que
siempre se llegaba hasta el mismo lugar porque se divertía peleando a un Sapo
que vivía en las orillas.
Las continuas peleas se habían hecho famosas en
toda la región y nadie podía explicarse porque el Suri se empeñaba en compartir
aquel lugar.
Desde lejos, cuando el Suri se acercaba a la
charca a beber, provocaba al Sapo. Pero el Sapo no se amedrentaba.
Solía el Suri hacerse el importante, exagerando
su altura, alardeando de sus esbeltas patas y de lo veloz que era para la
carrera.
El pequeño Sapo, que era realmente feo, hasta
repugnante, no se daba por enterado y si bien solo podía ejecutar pequeños
saltos, conocía bien sus propias habilidades y no desconocía, que aunque ligero
el Suri era un bicho tonto, sí, el más tonto que vivía en el valle. El Sapo
consideraba al Suri nulo en astucia.
Aquella era una mañana esplendorosa y el Suri
estaba acercándose despreocupadamente, con aire de importancia y un poco
maliciosamente, a beber hasta la charca.
El Suri pisaba con fuerza y con cara de inocente
aplastó la casa del Sapo, éste de un enorme y certero salto evitó que el
pajarraco lo pisara.
Entonces, enojado lo increpó preguntándole: -
¿no
ve usted por dónde camina don Suri?
.
El Suri, entre risueño y mal intencionado, con
voz socarrona le pidió perdón, aludiendo que como era tan insignificante no lo
había visto.
El degradado Sapo, refunfuñando acomodó como
pudo algunas pajitas y hojas que cubrían su casa.
El Suri arremetió nuevamente y queriendo
avergonzar al Sapo le dijo:
-
¡ no se enoje don
Sapito!
-, agregando,
-
es usted tan insignificante, tan pequeño que es difícil tenerlo en cuenta,
además por su color es fácil confundirlo con el pasto.-
El batracio no se dio por enterado, pero cierta
idea venía dándole vuelta en su pequeña cabecita de sapo. Por eso, le dijo al
bicharraco que lo que menos le importaba era ser rápido.
El Suri entre divertido y altanero acotó:
-
me
parece que usted se agranda demasiado, cuando solo puede ganarle a una ciega
lombriz -.
El Sapo, al ver que el tontuelo animal había
picado el anzuelo, replicó:
¿ y si le gano a usted en una competen
cia,
seguirá pensando lo mismo?
- .
El Suri, entre divertido y jocoso,
estiró su largo cuello y enarcando una ceja, en tono despreciativo, lo dio por
hecho.
A la mañana siguiente, se presentaron los dos,
el Sapo puso las condiciones señalando una senda que conocía al dedillo y su
oponente convencido de su superioridad, lo dejó hacer.
Como es de imaginar, el Sapo quería cerrarle la
boca al Suri y se preguntaba si la suya sería una buena idea.
Entre divertido y confiado, el Sapo había
reunido a todos los otros sapos de la charca para que lo ayudaran y todos
accedieron formándose en fila, escondiéndose debajo de la maleza para no ser
vistos por el Suri, al cual nadie quería.
Habiéndose saludado, los dos discutieron un rato
cual sería la meta, eligieron una enorme piedra. Luego, el Suri dio la señal de
largada, después de contar hasta tres.
El Sapo largó segundo, mirando de reojo a su
oponente, iba el enorme Suri que de tanto en tanto reía confiado.
Ya habían hecho un buen trecho, cuando al volver
la vista atrás, el Suri no pudo divisar al Sapo; superada la mitad del camino,
de repente vio que el Sapo iba delante suyo. ¡ No lo podía creer !, por más que
batió y batió las alas estirando su largo cuello, aquel Sapo parecía no
cansarse con la competencia. El Suri por más que se esforzaba no
podía alcanzarlo.
Lo que el Suri no sabía era que, los otros sapos
estaban haciendo una carrera de postas y no se daba cuenta porque no
podía distinguir un sapo de otro. Confundido y ridículamente cansado llegó a la
meta, el Sapo lo esperaba riéndose, sentado sobre la piedra y por supuesto,
festejando la victoria.
De pronto, se interrumpió el jolgorio y el Suri
dando un salto le propuso una nueva apuesta, por la revancha.
- ¿Qué
tal don Sapito, si me da la revancha? -
- Lo
que usted diga don Suri, a sus órdenes. -
El pajarraco comprendió que ahora el que se
burlaba de él, era el Sapo, pero sin inmutarse y convencido que pronto se
revertiría esa situación, lo dejó pasar.
-¡ Ta
bién ! -
,
dijo el
Sapo
-
¿y que apuesta?
-
,
agregó.
- A ver
quien ve salir primero el sol -,
dijo el
Suri.
Convencido que no era nada fácil la apuesta, el
Sapo se volvió a reunir con sus amigos para planear la estrategia.
Al día siguiente se reunieron los oponentes en
el lugar pactado.
-
¿Y
ahora que va a apostar don Sapito?-
preguntó
el Suri a los saltos.
- No se
usted, pero para mí es suficiente si se refiere a mi persona como don Sapo ó
señor
Sapo, como debió haber sido desde un principio -
,
argumentó
el Sapo.
- Que
así sea -
, dijo
el Suri.
- ¿Y
cual es su apuesta?-
.
- Nada
don Sapito, por la revancha nomás.
-
¡Ya es hora don Sapito, ya va a salir
el sol !
-,
y el Suri se dio vuelta en dirección al este, que es por donde el sol sale
todos los días.
El pequeño Sapo se había trepado a una piedra
para ver mejor los picos nevados de la Cordillera de Los Andes.
-
Ya es tiempo don Sapito -
, exclamó el Suri.
De repente el Sapo gritó:
-
¡Ahí está!, ¡ya lo ví, ya lo ví! -.
El Suri se dio vuelta sin entender, que si
bien el sol no se asomaba por el horizonte, ya iluminaba los nevados picos de
la imponente cordillera.
El Suri, por segunda vez, se dio cuenta de su
derrota.
Así es que el Suri se trenza todos los días en
alguna apuesta, que algún insignificante sapo le gana.