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COMO COSQUÍN LLEGÓ A SER UNA LEYENDA

por Susana C. Otero (adaptaciones e ilustración)




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   Allá por el 1500 DC, los conquistadores llegaron a América con su carga de desmedida ambición y su afán de conquista, para ello se valieron de su cultura y su religión.

   El pueblo  Inca fue brutalmente perseguido y en el intento de salvarse y rearmar una nueva vida, embolsaron parte de sus pertenencias y a lomo de mula emigraron hacia el sur, buscando la tranquilidad y la ansiada paz.

   Este peregrinaje provocó la ira acompañada del deseo desmesuradamente ambicioso de los conquistadores.

   ¿Qué bienes atesoraban tales alforjas?.

   Eso calaba profundo en el pensamiento de los españoles.

   La reacción no tardó en llegar, una expedición comandada por Jaime de Aragón fue enviada para rastrear a los peregrinos y rescatar las supuestas riquezas arrebatadas.

   Largo camino debió afrontar el conquistador hasta alcanzar lo más austral del territorio dominado por los Incas, en donde hoy conocemos como Cosquín, en las bellísimas sierras cordobesas, territorio al centro de la actual Argentina.

   Por cierto, el lugar es un valle bañado en sus orillas por un río caudaloso y raudo que se inicia en las Sierras Grandes y cuyo clima es benévolo.

   El exquisito paisaje está rodeado de enormes algarrobos y protegido por el cerro Supaj Ñuñu, y que hoy conocemos como Pan de Azucar.

   Los nativos del lugar eran extremadamente pacíficos y no conocían la existencia del hombre blanco.

   Las preocupaciones se iniciaron cuando los Chasquis, en 1526, alertaron sobre unos extraños seres humanos vestidos con ropas brillantes, que cabalgaban sobre enormes bestias y venían bajando desde el Alto Perú.

   Dicen que dicen...que el Camín llamado Cosquín, jefe de la comunidad, alarmado instó a vigilar desde los altos cerros. Esa tarea le llevó mucho tiempo, hasta que un día impensado, los divisaron, no cabía duda, eran los temidos intrusos.

   Pronto fueron dominados y lo que antes había sido un vergel ahora se tornaba insostenible.

   El sometimiento, la barbarie, la explotación y los abusos que les fueron impuestos les hacían dudar si estos seres serían humanos.

   Cosquín era un hombre de una altura considerable y bastante fornido, vivía con su hermosa mujer cuyo nombre era Coscoína.

   Ella era hermosa y pronto despertó el deseo de uno de los oficiales españoles que no perdía el tiempo en quererla hacer suya, ella trataba de esquivarlo pero pronto el Camín advirtió lo que sucedía, se enfrentó a duelo con el español y lo mató.

   El incidente provocó la furia de los invasores que ordenaron la pronta captura del Camín.

   Cosquín (Camín) conocía a la perfección el terreno y lograba esquivar a sus perseguidores adentrándose en las zonas de las sierras, lo que les dificultaba la captura por parte de los españoles.

   Lo acorralaron en las cercanías del cerro Supaj Ñuñu. Cosquín se defendía arrojando piedras desde la cima, dificultando el ascenso del enemigo.

   Claro que pronto se dio cuenta que esa situación no podía permanecer por mucho tiempo, sus fuerzas decaían y tomó una drástica medida. Su vida en pos de la libertad. Su pueblo comprendería.

   Un silencio sepulcral inundó el valle, solo el correr del agua y el silbido del viento rompían la triste monotonía del espacio.

   Se escuchó un grito ahogado. Allá abajo el cuerpo sin vida del Camín era una bofetada para el enemigo.

   Mientras tanto, Coscoína desconocía lo sucedido. Los días transcurrían sin noticias del que fuera su eterno amor.

   Desde lejos, ella contemplaba el cerro en espera de una respuesta y aunque no perdía las esperanzas, algo en su interior le presagiaba la desgracia.

   El regreso de los perseguidores le adelantó el desenlace, pero aún en su interior, animábase imaginándolo oculto en algún sitio entre los riscos.

   Coscoína conocía bien la región y casi impensadamente se encontró camino al cerro. Una luz de esperanza inundaba su corazón. Tal vez, todavía pudiesen encontrase y juntos buscar la libertad.

   Deambuló por el cerro varios días, sus fuerzas se agotaban, pronto llegaría a la cima y desde allí podría vislumbrar en la  lejanía, tal vez, el cuerpo de su querido Cosquín.

   Era su última esperanza. Con los pies llagados, exhausta, hambrienta y desolada se prometió a sí misma, que jamás se entregaría al enemigo. Entre largos sollozos supo que su vida sin él no tendría sentido.

   Una banda de buitres planeando en círculos la hizo estremecer, corrió hasta el borde del despeñadero, agudizó su vista y allá en el fondo, vió el cuerpo sin vida de Cosquín.

   Coscoína dió un alarido, el eco retumbó en los cerros repitiéndose una y otra vez, entonces cayó arrodillada, vencida, suplicante...

   Así estuvo largo rato, caía inefablemente la tarde y el sol se ocultaba entre los cerros ofreciendo un cuadro multicolor en el cielo diáfano, las penas profundas le clausuraban el pecho, un dolor intenso se le había clavado en el corazón y le cerraba la garganta, exhaló un fuerte suspiro, luego aulló una vez más como queriendo oír su voz por última vez, miró a su alrededor como si se llevase consigo el paisaje, extendió sus brazos en cruz, gritó ¡Cosquín!, ¡Cosquín! Voy a tu encuentro y se dejó caer en trágico vuelo hacia el vacío, donde se encontraba el cuerpo yerto de Cosquín.

   Cuentan los abuelos sabios, que al llegar la primavera, las acacias que crecen a la vera del Supaj Ñuñu y bornean las orillas del cerro, se cubren de racimos rojos que no son otra cosa que la sangre de Cosquín y Coscoína, símbolos del amor y la libertad de dos amantes que eligieron ofrecer su vida, para no ser esclavos.



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