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LA MISIÓN DEL COLIBRÍ

por Susana C. Otero (adaptaciones e ilustración)




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    Dicen que dicen.....que hace   tantísimas lunas que ya nadie recuerda cuando, las vastas tierras quechuas sufrieron una pavorosa sequía, tan terrible era que los musgos y los líquenes se secaban de tal forma que se convertían en polvo, la   falta de agua afectaba a todas las especies, si hasta las rocas resecas crujían y se agrietaban.

   El aire caliente se hacía irrespirable y al morir las especies que daban verdor y sombra, el  paisaje  se mostraba estéril y amenazador.

   Si los rayos de sol no le daban paso a las nubes grises para dejar que la bendecida lluvia regara  la región, todas las plantas y animales morirían.

   Ante tal devastación sólo una especie resistía, con obstinada testarudez,  ella no necesitaba mucha agua para sobrevivir en el árido desierto, era la planta a la que todos llamaban Qantu.

   A pesar de su fortaleza para crecer y florecer en condiciones paupérrimas como el desierto, la planta comenzó a perder lozanía y era inminente que se secaría, viendo que su vida se extinguía puso todo su vigor en el último pimpollo.

   El esfuerzo de qantu no fue en vano ya que esa flor sufrió una transformación inimaginable.

   Si bien el calor infernal evaporaba cada gota de rocío, durante la noche el pimpollo tomó formas y colores increíbles.

   Al llegar los primeros rayos de sol, la flor se desprendió del tallo y antes de tocar el suelo reseco, emprendió el vuelo convertido en un diminuto, colorido y brillante colibrí.

   La pequeña avecita emprendió raudo vuelo y zumbando enfiló hacia las altas montañas cordilleranas, atravesando  la superficie de verdes valles y profundas llanuras, sin embargo, a pesar de su sed, volaba cada vez más alto, cada vez más lejos, más y más.

   Sus diminutas alitas no descansaban un momento. Pues su destino no era otro que encontrar al buen hacedor de todas las cosas, que habitaba en lo más alto de las cumbres.

   Allí donde las nubes le hacen cosquillas a los cerros nevados vivía el buen hacedor de todo lo creado y allí estaba él contemplando el nuevo día, fue entonces cuando el perfume de la  flor de qantu  inundó el aire.

   El creador amaba esa flor y jamás osaba cortarla por temor a verla morir en sus manos. Sin perder tiempo  busco la planta en los alrededores, pero fue inútil, sólo vio un pequeño y desfalleciente colibrí que olía a su flor preferida, Él abrió sus grandes manos, la diminuta avecilla se poso en ellas y   con el último hálito de vida le suplicó piedad  por la tierra agotada y reseca, dejó escapar un tenue suspiro y espiró.

   El hacedor de todo lo creado depositó con infinita dulzura al colibrí sobre a un peñasco  y contemplo las extensas tierras resquebrajadas, secas y polvorientas donde habitaban los quechuas, dio un profundo y triste suspiro dejando escapar enormes lágrimas de cristal que rodo montaña abajo abriendo surcos y desprendiendo grandes trozos de montaña

   Con el estrepitoso ruido que dejaban escapar las piedras al caer, se despertó Amaru, la serpiente cuya cabeza  habitaba el fondo del lago y su extensísimo cuerpo se abrazaba en torno a la cordillera por kilómetros y kilómetros. Amaru tenía enormes alas, que al desplegarlas podían ensombrecer el mundo, cola de pez y escamas multicolores, de su fulgurante cabeza sobresalían dos ojos cristalinos y penetrantes, dos profundos agujeros verdosos a modo de nariz y un sobresalido hocico carmesí.

   A pesar de su aspecto Amaru  tenía un profundo amor a la tierra.

   Desperezándose  Amaru  bostezó dejando atrás un sueño antiguo, se elevó de las aguas cristalinas y desplego sus alas proveyéndole  la tan ansiada sombra a las tierras castigadas. El fulgor de sus ojos, más potentes que el sol junto a una bocanada de su aliento cubrió los cerros con una niebla gris y espesa, al sacudir sus alas empapadas dejó caer una copiosa lluvia que duró varios días.

   Después, una vez que la tierra recupero su humedad extendió su cola multicolor dando paso al arco iris anunciando que todo volvía a la normalidad.

   Sin más, Amaru volvió a hundir su cabeza en el lago, enrosco su largo cuerpo a las montañas y volvió a su aletargado sueño nuevamente.

   La misión del colibrí había sido cumplida y los quechuas cuentan que, quien quiera saber, en las multicolores escamas de Amaru se encuentran escritas todas las verdades del mundo, inclusive  sus sueños y tristezas y en ellas ha quedado impreso que una insignificante flor de Qantu, devenida en colibrí, salvó a la tierra de una infernal sequía.



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