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LA FLOR Y EL COLIBRÍ

por Susana C. Otero (adaptaciones e ilustración)




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Dicen que dicen... que cuentan los antiguos, que hace mucho, pero mucho tiempo, vivía en una comunidad guaranítica una jovencita, tan pero tan bella, que cuantos la veían quedaban prendados de su hermosura.
   La jovencita, que con el tiempo se había convertido en una bella mujercita, tenía la piel terrosa y suave como la arcilla recién modelada y sus cabellos negros le caían en una cascada brillante sobre sus espaldas, siempre adornadas por flores coloridas, su nariz era perfecta y sus labios carnosos y suaves parecían pétalos de flores.
   Al nacer, como no podía ser de otra manera, sus padres la llamaron Flor.
A Flor le encantaba internarse en el monte en busca de flores y frutos silvestres.
   En una de esas incursiones, una tarde de primavera, Flor se topó con un joven fuerte, de atlética figura y hermosas facciones que trepado a un árbol, buscaba la tan preciada miel, sustancia muy estimable para éstos pueblos.
   Este apuesto muchacho se llamaba Ágil , Flor al verlo quedó sorprendida y por un momento sintió miedo, pero el muchacho con un raudo salto, bajó del árbol y al ver la exótica belleza de la muchacha, le pidió que no se asustara.
   De pronto, los dos conversaban como viejos amigos, así Flor se enteró que Ágil pertenecía a otra comunidad, y eso aterrorizó a la muchacha ya que el joven y su gente habían sido eternos rivales de su pueblo.
   Si bien ya ni se acordaban cual había sido la causa de la contienda, nadie osaba trabar amistad entre sí.
   Mucho entristeció la novedad a ambos jóvenes. Pero como todos sabemos, los jóvenes son rebeldes y les encanta romper las reglas preestablecidas, ellos decidieron seguir cultivando esa amistad a espalda de sus mayores. 
   Y así fue, casi sin querer, entre un encuentro furtivo y otro, que los dos cayeron en amores.      

   Con el transcurrir de los meses Flor y Ágil se amaban tanto, que poco se preocupaban por esconderse y los padres de la joven se enteraron del idilio que llevaba con el enemigo.
   Ellos no fueron capaces de entender del amor que ambos jóvenes se profesaban, ni tampoco entendieron que el amor vence al odio, y así fue que tomaron la peor decisión, separar a los jóvenes y que Flor se uniera a otro joven, también fuerte , bueno y fuerte, pero que Flor no amaba. 
   Por más que ella pidió, rogó y suplicó, los padres estaban firmes en su determinación e hicieron caso omiso a las súplicas de la mujercita.
   La muchacha no hacía otra cosa que llorar y rogar, rogar y llorar, ya ni comía, pedía cualquier cosa menos tenerse que entregar a alguien a quien ella no amaba.
   Sus súplicas eran tan genuinas que Tupá, el Dios bueno y bondadoso de los pueblos guaraníes, sintió piedad de la muchacha y de sus plantas le nacieron raíces, de sus brazos, ramas delicadas, de su cabeza una bellísima copa de árbol y de sus finos dedos le brotaron finos y aromáticos pimpollos, ahora Flor le hacía honor a su nombre.
   Ágil que nada sabía de Flor y mucho menos del destino de su amada, estaba enloquecido, en su exasperada búsqueda, vagaba por el monte de noche y de día, ya no comía ni dormía, en su alocada y desesperada búsqueda, rogaba y suplicaba para que algo o alguien lo llevara con quien jamás podría olvidar porque la sentía impresa en su joven corazón, y nada ni nadie, podría extraerle semejante sentimiento. Ágil no quería condenar a su amada al olvido, y la sentía tan cerca de él, que sólo Tupá podría entender ese amor dulce, eterno y desesperado. Y él le rogó con vehemencia: - Lo único que no puedo hacer es olvidarla, ayúdame a encontrarla -, le confesó a su buen Dios.
   Este pudo entender el ruego de Ágil, pero le confesó la verdad, que él le había dado el don de ser flor, pero ella con su profundo amor había dejado esparcir sus semillas por todo el monte y éstas habían florecido , eran tantas , que ya no era capaz de ubicarla. Entonces le dijo:- si tanto la amas te daré el don para buscarla y tal vez libando de ella la reconozcas.
   Entonces lo hizo pequeño y ágil, le puso plumas de vistosos colores, alas y un largo pico para que pudiese libar de ella, convirtiéndolo en un bellísimo colibrí.
   Al instante, Ágil aleteó y raudamente fue a poner su pico para libar del néctar de todas las flores, es así como sigue hasta hoy en día, buscando a su amada, porque el prometió no olvidarla jamás.

 

 



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